domingo, 26 de diciembre de 2010

Viajes que hicimos solos

Una vez salió un nuevo disco de un grupo que me interesaba. El día que se puso a la venta fui a comprarlo por la tarde. Por la mañana traté de ver si era fácil encontrarlo en la red para su descarga. Yo nunca había intentado descargar un disco, simplemente tenía curiosidad sobre si era fácil. Encontré que Google cumple perfectamente su función y que el disco ya llevaba veinte días dando vueltas por el mundo virtual.

Compré el disco como había pensado, llegué a casa, lo metí en mi reproductor de CD y no sonó nada. Resultó que venía de fábrica saboteado para no funcionar en el reproductor de un ordenador.


Podría traer a colación varias moralejas distintas de esta historia, todas ellas bastante obvias para cualquiera excepto, aparentemente, para la industria de los contenidos. Pero lo importante es la fecha: 2003. Ahora estamos en 2010. Los recientes exabruptos de Alejandro Sanz o Javier Bardem nos suenan como salidos de tiempos aún anteriores.

En 2003, más bien antes, la industria musical debería haber tenido listo un modelo de negocio a través de Internet. Un modelo sin costes de fabricación de soportes físicos, con unos costes de distribución prácticamente nulos y con una reducción drástica del tiempo entre masterización y puesta a la venta. Pero, claro, ¿quién aceptaría voluntariamente vender el contenido de un CD por 4€ cuando tiene millones de clientes acostumbrados a pagar 20€ por ese contenido más un trozo de plástico? Un trozo de plástico que, por cierto, no cabe dentro de un reproductor de ficheros mp3.

En 2006, dejé de comprar discos, harto de llegar a casa y no poder oírlos. Las tiendas que se negaban a devolverme mi dinero tras venderme CDs que no se reproducían en un aparato perfectamente operativo cerraron hace años.

Pero, si yo compraba 25-30 discos al año, por 20€ c.u., y ahora no compro ninguno, la explicación de algunas luminarias no es que la industria musical ha sido increíblemente inepta, ha alienado a sus clientes y ha atraído el desastre sobre sí misma comportándose de forma suicida, sino que, obviamente, yo soy un ladrón que se refocila en "la orgía del crimen, la bacanal de violaciones a terceras personas" por el mero hecho de negarme a seguir aportando 600€ al año a una maquinaria empresarial obsoleta.

En 2003, a las voces de "ladrones" se podía haber contestado legítimamente: "Vamos a ver, señores, ¿ustedes han hecho su trabajo? ¿Se han adaptado a las nuevas tecnologías?" Seguir oyendo lo mismo años y años después es surrealista; pero peor aún es que tengan la noción de que aún hay alguien escuchándoles, y que por escribir un texto semianalfabeto en El País por fin se les va a hacer algún tipo de caso.

5 comentarios:

Sr. IA dijo...

Conspicuo Dr. No acabo de pillarle el tono. Las descargas de contenidos sujetos a derechos valiéndose de "préstamos" entre usuarios simplemente hunden la retribución de los creadores y de la industria que los soporta.

Además, y este es realmente el problema de fondo, es preocupante la visión "todo gratis" que se tiene en España y latinoamérica de internet. Una visión auspiciada por las comercializadoras de internet, que son las que hacen el gran negocio.
Así no puede arrancar el comercio electrónico.

Pedro Terán dijo...

Sr. IA, a ver si es verdad que esa novela sale pronto :)

Este es un tema que hablando en persona se despacharía en 20 minutos, pero que a distancia podemos pasar semanas y semanas dándole vueltas sin llegar a nada.

Para mí, hay que partir de la realidad tal cual es. Por ejemplo, la industria embotelladora de agua monta su negocio partiendo del hecho de que las casas tienen grifos, y los parques, fuentes. Nunca habrá visto un anuncio suyo basado en que el agua es necesaria para cocinar, ni intentos de que se legisle que es obligatorio lavarse con Font Vella.

La realidad es que todos podemos hacer copias. A partir de ahí, ¿cómo montar un negocio de venta de copias de cosas cuando todos tenemos en casa un grifo del que salen copias gratis? Esa es una pregunta que tendrá que responder quien quiera tener ese negocio.

Internet permite generar "retribución de los creadores" por procesos distintos a la venta de copias de una información en un soportes físico. Si ese sistema no funciona aún es porque la industria anterior no quiso acompañarnos a los clientes en el viaje a través de las nuevas posibilidades tecnológicas (de ahí el título del post), o directamente nos echó de su lado y nos obligó a encontrar la oferta cultural en otro sitio.

Los insultantes precios de los libros en formato electrónico son una prueba palpable del "interés" de la industria por colaborar con nosotros los clientes en la búsqueda de un nuevo sistema explotable industrialmente.

Cuando pongo en Facebook que me gusta x, o comento en un vídeo que ha subido otro, aunque yo no haya pagado a nadie por mi copia resulta que todos mis pseudoamigos reciben un mensaje publicitario de alguien en quien confían y por tanto mucho más efectivo que la publicidad masiva. Es una forma de difusión mucho más eficiente que la antigua, y la hago gratis y sintiéndome feliz por hacerla; cómo hacer negocio con ella ya no es mi problema. Una forma es la del propio Facebook, agregar todos los mensajes publicitarios de mis amigos y cobrar por añadir ellos unos cuantos más.

Por poner otro ejemplo, cuando me cruce con la novela de Priest que reseñabas el otro día, seguramente me la compraré; ¿importa si tú concretamente la leíste gratis o pagando?

En fin, cualquier año que nos veamos podemos hablar del tema si quieres. En píldoras cortas es imposible explicarse en temas complejos como este sin caer en el equívoco.

Pedro Terán dijo...

Que no digo que no hablemos todo lo que quieras ahora, por mí encantado, aunque supongo que lo que te digo te parecerá una estupidez como la copa de un pino. Dentro de lo que puede dar de sí mi escasa capacidad de pensamiento, le he dado muchas vueltas y no es una postura arbitraria ni basada en una filosofía de "todo gratis pa mí".

Sr. IA dijo...

Que no es una postura arbitraria ni basada en infantilismos, conociéndole, es seguro. También que el debate aquí en términos post, difícil. Ahora, más que el derecho a copia, está la cuestión de evitar que se comercialice (directa o inderecatamente) la copia por parte de quien no está legitimado para ello. La propiedad intelectual es propiedad, sin propiedad no hay civilización, no como la conocemos.

Pedro Terán dijo...

Claro, el problema como yo lo veo es la explotación comercial parasitaria. Todos estamos de acuerdo en que el dinero que genere una obra debe beneficiar al autor, la divergencia creo que está en a dónde llega la capacidad del autor para limitar la difusión de copias de su obra una vez ha sido publicada, no en si tiene derecho o no a recibir su parte del dinero que genere.